Libertad de expresión

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Es imposible que se dé una plena libertad de expresión, si no se levanta  y se solidifica la dignidad profesional del periodista. Para defender la libertad de prensa, hay que tener conciencia y responsabilidad. El ejercicio periodístico es un sacerdocio. No creo en el eufemismo del cuatro poder, sino que es la voz de los mudos.

Hay mudos sociales, los excluidos, los que no pueden adherirse a las páginas de los periódicos, ni son tomados en cuenta por la radio o la televisión. El periodista se convierte en voz y conciencia de los que no pueden hablar, porque los callan, porque tienen miedo o sencillamente porque en los grandes medios su versión carece de importancia.

El hombre de pueblo, el pies descalzos, me decía un profesor español de comunicación social, ese don nadie solo puede llegar a los periódicos cuando lo matan en forma violenta, o cuando él elimina a otra persona, o se coloca fuera de la ley. La crónica roja, siendo el parte de la sangre, es lo único que le garantiza una primera página.

El periodista tiene que comprender que su misión es ser el sostén de los que tienen las piernas quebradas por las injusticias sociales, es un  juglar que debe propagar la lucha contra las injusticias y las violaciones a los derechos humanos. Un periodista que no es contestario,  no merece la pena ser leído o escuchado.

La rebeldía del comunicador no es por caprichos personales, o por simple egos, sino que tiene que vibrar ante las injusticias, no puede ser una estatua de cera, no puede ser un monigote que no sienta correr por su cuerpo la indignidad ante el caído que no se puede levantar porque los poderosos le ponen el pie en el cuello.

Para hablar de libertad plena de expresión, también hay que levantar  la dignidad humana del periodista. La dignidad de muchos se dobla cuando viven en la indigencia plena, cuando tienen que aceptar  tres empleos para subsistir. La dignidad corre peligro cuando un periodista que no vende su pluma gana un salario mensual inferior al que devenga la muchacha que vota los papeles sucios en una de las grandes plazas comerciales.

No podemos hablar de dignidad  humana del periodista comprometido con un proceso de desarrollo, cuando sobre él hay la exclusión social, cuando divide su tiempo entre la redacción de un medio de comunicación y una oficina de relaciones públicas. Hay un conflicto de intereses cuando el periodista es reportero de un medio cuestionador, pero también empleado de una oficina de comunicación del gobierno.

Desde que inicié  el periodismo,   poco después de los  quince años trabajando en una revista legal de la izquierda clandestina, he defendido la libertad  de expresión y la libertad de prensa, pero también a ese reportero que al terminar una tanda de  trabajo se va en guagua pública a otra jornada de responsabilidad, sin poder ir a sus casa a cambiarse de ropa y comiendo un chao en cualquier fonda callejera.

Si no hay un adecentamiento de la vida de los reporteros y de los periodistas que van a pie y en guaguas con olor pestilente, aquí es una falsía hablar de que se busca la libertad de pensamiento. Se castra el pensamiento, cuando a su principal agente se le condena a una vida miserable y a un existir sin esperanzas. Salvemos al simple periodista, que pasa hambre y es el pedestal de la lucha para que se respeten las libertades públicas en el país. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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